Tita Merello y el legado porteño de una artista nacida en San Telmo
El 11 de octubre se cumplen 122 años del nacimiento de Tita Merello, la actriz y cantante que dejó una huella profunda en la cultura argentina.
Su historia comenzó en un conventillo de San Telmo y atravesó casi todo el siglo XX. Hubo pobreza, trabajo desde la infancia, amores, separaciones y escenarios conquistados. En el tango, el teatro y el cine, construyó una manera propia de expresarse que la convirtió en una figura inseparable de Buenos Aires. Recordarla también es volver sobre la mujer que existió detrás del personaje.
Antes de Tita, una niña llamada Laura Ana
Laura Ana Merello nació el 11 de octubre de 1904. Su madre, Ana Gianelli, era una planchadora uruguaya; su padre, Santiago Merello, un chofer argentino que murió de tuberculosis cuando ella tenía apenas unos meses.
A los cinco años fue llevada a un asilo porque su madre debía trabajar y no podía cuidarla. Después realizó tareas domésticas sin recibir salario y, todavía siendo una niña, trabajó en el campo con la familia de un tío. La necesidad ocupó un lugar temprano en su vida.
No pudo asistir a la escuela. Aprendió a leer y escribir alrededor de los veinte años, cuando ya había comenzado su recorrido artístico. Al recordar aquellos tiempos, lo expresó con una frase que conserva toda su fuerza: “La infancia del pobre siempre es más corta que la del rico”.
Sus palabras permiten acercarse a esa infancia sin convertirla en una anécdota pintoresca. Antes del reconocimiento hubo una niña que tuvo que trabajar y que encontró muchas dificultades para acceder a la educación. El éxito posterior no borra esa experiencia: ayuda a comprender la distancia que recorrió.
Los escenarios donde empezó a hacerse un nombre
El Teatro Avenida fue uno de los espacios de sus primeras experiencias como corista. También interpretó tangos en bares de la Avenida de Mayo y, en 1923, se incorporó a las revistas del Teatro Maipo.
Ese recorrido la vinculó con una Buenos Aires en la que convivían el teatro de revista, la canción popular y los espectáculos que reunían a públicos diversos. Allí comenzó a desarrollar los recursos que sostendrían su carrera: la expresividad del rostro, la intención de cada palabra y una presencia que podía pasar del humor al drama.
Con el tiempo, la corista se convirtió en una intérprete capaz de encabezar obras. Su trayectoria teatral incluyó La tigra, Miércoles de ceniza, Sexteto y La Moreira, además de uno de sus trabajos más recordados, Filomena Marturano.
El escenario fue un espacio de aprendizaje y de afirmación personal. Sin una formación académica en actuación o canto, desarrolló un lenguaje propio a través del trabajo y de la experiencia. Esa formación autodidacta sería una de las características centrales de su identidad artística.
El tango como una historia contada de frente
Tita desarrolló una manera de interpretar en la que el canto y el recitado se acompañaban. Las pausas, la dicción, los gestos y la ironía daban sentido a las letras. Su actuación continuaba mientras cantaba: cada tema podía convertirse en una pequeña escena.
El calendario histórico del Gobierno porteño destaca el aporte que realizó junto con Sofía Bozán a una modalidad de tango frecuentemente humorística, con raíces en los cuplés y las tonadillas. Esa combinación explica parte de su singularidad y de la relación entre sus recursos musicales y teatrales.
Su nombre integra, además, la historia de las mujeres que consolidaron su lugar en el género. El Museo Casa Carlos Gardel la incluyó entre las protagonistas de Pioneras del Tango, junto con artistas como Rosita Quiroga, Ada Falcón, Paquita Bernardo y Nelly Omar.
La institución reconoce en Merello a una figura que logró sobreponerse a la adversidad y convertirse en un referente de emancipación femenina. Su recorrido permite mirar el tango desde las mujeres que lo interpretaron, lo difundieron y contribuyeron a darle formas nuevas.
La canción que quedó unida a su nombre
Entre sus interpretaciones, Se dice de mí ocupa un lugar especial. La milonga, con letra de Ivo Pelay y música de Francisco Canaro, había sido concebida originalmente para un intérprete masculino.
Merello grabó su versión el 23 de julio de 1954 con la orquesta de Canaro. Al año siguiente, la canción formó parte de Mercado de Abasto, la película dirigida por Lucas Demare que terminó de asociarla con su imagen artística.
Escucharla permite advertir cuánto aportaba a una composición la personalidad de quien la interpretaba. La intención de las frases y el manejo del humor hacen que la canción conserve algo de una conversación con el público. En esa versión puede reconocerse el encuentro entre la cantante y la actriz.
La milonga y yo también quedó entre los títulos por los que alcanzó mayor popularidad. Su repertorio constituye una vía para volver a su obra más allá de una única canción y descubrir otros matices de su interpretación.
La permanencia de sus grabaciones permite reconocer una cualidad que atraviesa su trabajo: la capacidad de darles a las palabras una intención precisa. En su voz, el humor, el desafío y la emoción podían convivir dentro de una misma interpretación.
Una protagonista del nacimiento del cine sonoro
En 1933 participó en ¡Tango!, dirigida por Luis Moglia Barth, una película fundamental en los comienzos del cine sonoro argentino. En aquel elenco también estuvieron Libertad Lamarque, Luis Sandrini y Pepe Arias.
La pantalla amplió el alcance de su trabajo y dejó un registro duradero de sus recursos escénicos. Su carrera cinematográfica se extendió durante décadas y superó las treinta películas.
Con La fuga, dirigida por Luis Saslavsky y estrenada en 1937, consolidó su reconocimiento como actriz dramática. Esa faceta fue decisiva: permitió que el público conociera una intérprete con posibilidades más amplias que las que ofrecían la revista y los números musicales.
En los años cincuenta llegaron algunos de sus trabajos centrales: Arrabalera, Los isleros, Guacho, Mercado de Abasto y Para vestir santos. En particular, las películas realizadas con Lucas Demare ocuparon un lugar destacado durante el apogeo de su carrera.
Ver esos títulos permite seguir su evolución. La historia de Tita también está en sus personajes, en la manera de sostener una escena y en los cambios de expresión que las películas conservaron para las generaciones siguientes.
Su rostro podía transmitir firmeza, dolor o desconfianza con una economía de gestos que encontraba en el primer plano un espacio privilegiado. Esa expresividad fue una parte esencial de su reconocimiento como actriz.
Sandrini, el amor y una decisión sobre su carrera
Luis Sandrini fue una figura importante en su vida afectiva. Durante su relación, ambos se radicaron por un tiempo en México. Allí Merello participó en Cinco rostros de mujer, trabajo por el que obtuvo el premio Ariel a la mejor actriz de reparto.
La relación terminó en 1948. Según la reseña de Cultura de la Nación, Tita decidió protagonizar Filomena Marturano en teatro mientras Sandrini viajaba a filmar a España. Él condicionó la continuidad del vínculo a que lo acompañara; ella mantuvo su decisión de trabajar en la obra.
La puesta alcanzó quinientas funciones. Fue uno de los grandes reconocimientos de su carrera teatral y una oportunidad para afirmar su condición de actriz dramática.
El episodio reúne dos dimensiones de su historia que suelen contarse por separado: la vida afectiva y el trabajo. En ese momento, una elección profesional tuvo consecuencias personales. Recordarlo permite acercarse a sus decisiones sin reducir su biografía a un romance.
La relación con Sandrini forma parte de su historia, pero también la decisión de sostener un proyecto artístico propio. Ambas experiencias ayudan a comprender a una mujer cuya vida tuvo tensiones y elecciones difíciles.
Las interrupciones y los regresos
Su carrera también atravesó momentos de falta de trabajo. Los antecedentes biográficos incluidos en un proyecto de la Cámara de Diputados señalan que, después del golpe militar de 1955, debió exiliarse en México y regresó a la Argentina en 1958.
En las décadas siguientes continuó trabajando en cine. Entre sus realizaciones posteriores se encuentran Amorina, con Hugo del Carril, y varias películas dirigidas por Enrique Carreras. En 1974 volvió a tener una importante repercusión con La Madre María, dirigida por Lucas Demare.
Estas etapas muestran una trayectoria con avances, interrupciones y nuevas oportunidades. La popularidad de Tita se construyó a lo largo del tiempo, entre medios y públicos que también iban cambiando.
Su recorrido permite observar, además, las dificultades de sostener una carrera artística durante décadas. Detrás de la imagen consagrada hubo períodos de incertidumbre y regresos al trabajo, incluso después de haber alcanzado un reconocimiento considerable.
La voz que llegó a las casas
La radio y la televisión prolongaron su presencia más allá de los teatros y los cines. Participó en Sábados circulares y tuvo su propio programa, Todo Tita. Incluso después de retirarse de la actividad cinematográfica continuó realizando apariciones públicas.
En 1972 publicó La calle y yo, un libro de carácter semiautobiográfico que sumó la escritura a sus formas de expresión. La artista que había aprendido a leer y escribir de adulta también dejó una obra desde la cual contar su experiencia.
En sus intervenciones televisivas y radiales insistió en la importancia de los controles de salud para las mujeres. Su recordatorio de realizarse el Papanicolaou quedó asociado a esa etapa de cercanía con el público.
Su voz pasó así de interpretar personajes a acompañar conversaciones cotidianas. Quienes la conocieron a través de esas apariciones encontraron a una mujer mayor que hablaba desde su experiencia y mantenía una relación directa con quienes la escuchaban.
La televisión permitió que nuevas generaciones se acercaran a ella, aunque no hubieran presenciado sus grandes años teatrales o cinematográficos. Su figura continuó circulando en los hogares, sostenida por la palabra y por una personalidad que el público reconocía de inmediato.
La mujer detrás de la fortaleza
La imagen de carácter firme que acompañó a Tita convivía con una necesidad de afecto que ella misma expresó. En un testimonio recuperado por Cultura de la Nación habló de haber pasado su vida añorando ternura.
Esa confesión abre otra puerta para recordarla. Junto con la ironía y la fuerza escénica aparece la vulnerabilidad de una mujer que había atravesado pérdidas y privaciones. Su propio testimonio vuelve más complejo y más humano el retrato.
La emoción de su historia está en esa coexistencia: una artista capaz de hacerse escuchar por multitudes y una persona que seguía hablando de la ternura como algo necesario. Son dimensiones que permiten comprenderla mejor que cualquier apodo.
Su vida pública dejó una imagen poderosa. Sus palabras personales permiten reconocer que esa fortaleza también tenía una historia y que, detrás de ella, permanecían necesidades afectivas que el reconocimiento profesional no necesariamente podía satisfacer.
Buenos Aires y la memoria de Tita
En 1990 fue declarada Ciudadana Ilustre de la Ciudad de Buenos Aires. Al año siguiente recibió el Premio Podestá a la Trayectoria. Los reconocimientos llegaron después de una extensa vida de trabajo en el espectáculo.
Falleció el 24 de diciembre de 2002, a los 98 años, en la Fundación Favaloro.
San Telmo volvió a estar presente en su despedida. Según el Gobierno porteño, se realizó un servicio religioso en la iglesia de San Pedro González Telmo, donde había sido bautizada. La Ciudad también conserva su historia entre los contenidos dedicados a su casa natal y al patrimonio del Casco Histórico.
Ese vínculo reúne distintos momentos de su vida: el barrio donde nació, los escenarios donde comenzó a trabajar y la ciudad que terminó reconociéndola como una de sus figuras culturales más representativas.
El aniversario de su nacimiento ofrece una oportunidad para escuchar sus grabaciones, volver a sus películas y leer sus palabras. Allí permanece una historia que comenzó con enormes dificultades y encontró distintas formas de llegar a los demás.
Para Buenos Aires, recordar a Tita Merello es recuperar una parte de su cultura popular. Para quienes se acercan por primera vez a su obra, es descubrir a una mujer que convirtió la interpretación en una voz propia y dejó también un testimonio de aquello que la fama no podía resolver: el deseo de ser querida.
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