El palacio porteño que guardaba agua y hoy permite descubrir la historia de los baños
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El Palacio de Aguas Corrientes sorprende por su fachada, pero también por lo que conserva en su interior.
El edificio de avenida Córdoba al 1900 fue una pieza fundamental del abastecimiento de Buenos Aires. Hoy alberga el Museo del Agua y de la Historia Sanitaria de AySA, donde las grandes obras de ingeniería se encuentran con objetos de la vida cotidiana. Su colección incluye inodoros antiguos, un bidet portátil y artefactos que permiten descubrir cómo cambiaron los baños y las condiciones de higiene.
Un palacio construido para abastecer a la ciudad
Por su ornamentación, podría confundirse con una antigua residencia. Sin embargo, el Palacio de Aguas Corrientes fue construido para almacenar y distribuir agua potable.
La obra comenzó en 1887 y fue inaugurada en 1894. Estuvo a cargo de la empresa británica Bateman, Parsons & Bateman, con la dirección del ingeniero Carlos Nyströmer y del arquitecto Olof Boye.
En el interior se dispusieron doce tanques distribuidos en tres niveles, sostenidos por una gran estructura de columnas y vigas metálicas. Su capacidad total rondaba los 72 millones de litros.
El edificio formaba parte de una red de instalaciones destinadas a captar agua del Río de la Plata, tratarla, almacenarla y conducirla hasta los lugares de consumo. Los depósitos elevados permitían distribuirla por gravedad.
La fachada que escondía los tanques
La apariencia exterior fue una parte central del proyecto. Los depósitos quedaron detrás de cuatro muros perimetrales revestidos con ladrillos esmaltados y piezas cerámicas, acompañados por relieves, columnas ornamentales y escudos provinciales.
Los materiales del revestimiento fueron fabricados especialmente para la obra en Bélgica e Inglaterra. Las cubiertas incorporaron pizarra procedente de Francia.
Según la reseña histórica del Ente de Turismo porteño, la fachada permitió ocultar los tanques, que no se consideraban apropiados para quedar expuestos. Esa decisión convirtió una instalación industrial en una construcción monumental, integrada al paisaje urbano.
La combinación explica buena parte de su singularidad. Mientras el exterior concentraba una ornamentación elaborada, el interior estaba organizado para sostener enormes volúmenes de agua.
El agua y la salud de Buenos Aires
Durante buena parte del siglo XIX, conseguir agua requería soluciones muy diferentes de las actuales. Los pozos y los aguateros que recogían agua del Río de la Plata formaban parte del abastecimiento porteño.
El crecimiento de la población y las deficiencias sanitarias hicieron necesaria una respuesta de mayor alcance. Las epidemias de cólera de 1867 y de fiebre amarilla de 1871 marcaron una etapa en la que Buenos Aires debió revisar sus condiciones de salubridad.
Aunque esas enfermedades tienen distintas formas de transmisión, ambas quedaron vinculadas históricamente con el impulso de políticas de higiene y obras de saneamiento.
En 1869 se inauguró el sistema de provisión de agua purificada proyectado por el ingeniero John Coghlan. Más tarde se aprobó un programa más amplio, a cargo de John Frederick Bateman, que contemplaba agua corriente, cloacas y desagües pluviales.
El palacio se incorporó a esa transformación. Su historia permite comprender que el abastecimiento domiciliario dependía de obras que conectaban el río, las plantas de tratamiento, los depósitos y las viviendas.
Un museo dentro del palacio
El edificio alberga el Museo del Agua y de la Historia Sanitaria de AySA, cuyo recorrido permite conocer el desarrollo del abastecimiento y el saneamiento, además de la construcción de su propia sede.
Las fotografías de época muestran parte del antiguo sistema de provisión, desde el Río de la Plata hasta el establecimiento de Recoleta. A ellas se suman cañerías, medidores, griferías y artefactos de distintos materiales y procedencias.
Entre las piezas también se conservan modelos de producción de Piazza Hnos., una de las fábricas de grifería más antiguas de la Argentina.
El recorrido conecta así dos dimensiones de una misma historia. Por un lado, las grandes instalaciones necesarias para abastecer a Buenos Aires. Por otro, los objetos que llevaron esos cambios hasta las cocinas, los baños y los espacios de uso cotidiano.
Por qué hay una colección de inodoros
Una de las particularidades del museo es su colección de artefactos sanitarios históricos. Los inodoros llaman la atención por sus diseños y mecanismos, pero su presencia tiene un origen técnico.
En el espacio donde hoy se encuentra la primera sala funcionó la Oficina de Contraste de Materiales de Obras Sanitarias de la Nación, encargada de evaluar productos antes de autorizar su utilización.
Los fabricantes e importadores debían presentar tres ejemplares iguales de cada artefacto. Uno se instalaba y era sometido a pruebas de funcionamiento; otro se conservaba como respaldo. Ese procedimiento de control y conservación dio origen a parte de la colección que hoy integra el museo.
El conjunto reúne artefactos utilizados desde fines del siglo XIX hasta aproximadamente la década de 1970. Predominan los inodoros procedentes de Gran Bretaña y Estados Unidos. Según la descripción de AySA, los modelos de fabricación nacional comenzaron a presentarse para su aprobación hacia fines de la década de 1930.
Las piezas permiten observar cambios en los materiales, las formas y los sistemas de descarga. También muestran que los baños actuales son el resultado de una evolución ligada a la expansión de las redes y al desarrollo de equipamientos sanitarios.
Un bidet portátil y otros objetos poco habituales
La colección incluye un bidet móvil de hierro enlozado de alrededor de 1910, inodoros decorados y antiguos depósitos de hierro revestidos en madera.
Entre los objetos vinculados con usos institucionales aparece un vaciadero, conocido como slop sink, utilizado en hospitales y establecimientos de salud. También se conserva un artefacto que combina lavatorio e inodoro en una sola estructura de aleación de aluminio, correspondiente a equipamiento utilizado en cárceles hacia 1969.
La presentación del museo menciona, además, un inodoro infantil, modelos que combinan funciones de inodoro y bidet, un urinario femenino y un modelo de bebedero destinado a parques y plazas.
Cada pieza permite acercarse a una necesidad concreta. Algunas estaban pensadas para viviendas; otras respondían a las condiciones de hospitales, instituciones o espacios públicos.
La variedad aporta una mirada sobre la historia del diseño y de la higiene. Objetos que habitualmente pasan inadvertidos se convierten, dentro del museo, en documentos de las costumbres y las soluciones técnicas de otras épocas.
La oficina que aprobaba los artefactos
El recorrido también incluye una recreación de una oficina de aprobación, con muebles de madera realizados en los talleres de carpintería de Obras Sanitarias de la Nación.
Ese ambiente ayuda a comprender el trabajo que había detrás de cada producto. Antes de incorporarse a las instalaciones sanitarias, los artefactos debían atravesar procedimientos de revisión y evaluación.
La colección conserva, por lo tanto, algo más que objetos antiguos. También permite conocer una parte de la organización técnica y administrativa que acompañó el desarrollo de los servicios.
Los planos que cuentan otra historia de la ciudad
El patrimonio del palacio se vincula, además, con la documentación histórica de las obras sanitarias. AySA conserva más de 400 planos correspondientes al edificio, con detalles de su fachada y de la estructura de los doce tanques.
Los archivos sanitarios también reúnen planos de redes e instalaciones domiciliarias. Esos documentos permiten estudiar cómo se extendieron los servicios y cómo cambiaron las propiedades con el paso del tiempo.
Una conexión, una cañería o la ubicación de un baño pueden aportar información sobre las formas de habitar Buenos Aires. La historia del saneamiento también se encuentra en esas modificaciones, muchas veces invisibles desde la calle.
Cuando el palacio dejó de guardar agua
A comienzos del siglo XX, el crecimiento demográfico y la construcción de edificios más altos hicieron necesario ampliar el abastecimiento. El depósito de avenida Córdoba ya no alcanzaba para responder por sí solo a las nuevas necesidades.
El plan formulado en 1908 contempló nuevas instalaciones, entre ellas grandes depósitos en Caballito y Villa Devoto, ubicados en terrenos elevados. Más adelante, los cambios en las tecnologías de impulsión modificaron el papel de los antiguos depósitos de gravedad.
El Palacio de Aguas Corrientes dejó de funcionar definitivamente como tanque en 1978. En 1989 fue declarado Monumento Histórico Nacional.
Hoy, su fachada conserva la presencia monumental de aquella obra sanitaria. En el interior, el museo permite seguir otra parte de esa transformación, desde los sistemas de abastecimiento hasta los artefactos que cambiaron la vida dentro de las casas porteñas.
Información útil
- Edificio: Palacio de Aguas Corrientes.
- Ubicación: avenida Córdoba 1950, en la manzana delimitada por Córdoba, Riobamba, Viamonte y Ayacucho.
- Museo: Museo del Agua y de la Historia Sanitaria de AySA.
- Ingreso al museo: Riobamba 750.
- Qué permite conocer: la historia del abastecimiento y el saneamiento, la construcción del palacio y una colección de cañerías, medidores, griferías y artefactos sanitarios históricos.
- Piezas destacadas: inodoros antiguos, un bidet portátil de alrededor de 1910, equipamiento sanitario institucional y modelos destinados a espacios públicos.
- Antes de acercarse: consultar la programación vigente, la disponibilidad de visitas guiadas y las condiciones de acceso en los canales oficiales del museo.
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