Las travesuras que hacían enojar a mamá y convertían la casa en una escena del crimen
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Había tardes en las que mamá pedía cinco minutos de tranquilidad y nosotros interpretábamos que era tiempo suficiente para desarmar el ventilador.
Esta columna de humor vuelve a esa infancia en la que una tijera, un silencio sospechoso y un hermano dispuesto a colaborar podían poner en jaque a toda la familia. Un recorrido disparatado por aquellas ideas que parecían brillantes hasta que se escuchaba, desde la cocina, nuestro nombre completo.
El silencio que activaba todas las alarmas
Mamá podía escuchar la televisión, atender el teléfono y revolver una olla sin preocuparse demasiado. Pero bastaba con que dejáramos de hacer ruido para que suspendiera sus actividades.
El silencio infantil tenía algo de allanamiento inminente.
Si estábamos callados, era porque habíamos encontrado algo que cortaba, algo que manchaba o algo que decía “no tocar”. En las jornadas más productivas, las tres cosas.
Nosotros creíamos que actuábamos con discreción. Habíamos cerrado la puerta, repartido funciones y designado a un hermano para vigilar. El problema era que el vigía, ante la primera pregunta de mamá, entregaba a toda la organización a cambio de una galletita.
Ni siquiera esperaba a que se la ofrecieran.
La peluquería clandestina del comedor
Una tijera escolar podía cortar papel glasé con enormes dificultades y, sin embargo, dejarle un claro en la cabeza a un hermano en cuestión de segundos.
El cliente llegaba con pelo. Se retiraba con una situación.
Nuestra propuesta estética consistía en emparejar. Cortábamos un poco de un lado, después del otro y finalmente descubríamos que la única manera de alcanzar la simetría era empezar de nuevo con otro hermano.
Cuando mamá aparecía, el peluquero intentaba defender su obra.
La explicación siempre incluía que él había pedido ese corte. El cliente, que hasta ese momento estaba encantado de participar, se miraba en el vidrio de la biblioteca y solicitaba asistencia de organismos internacionales.
Mamá nos sacaba la tijera con una calma aterradora.
Esa noche, en la mesa, nadie mencionaba el tema. Pero había uno que cenaba con gorra.
El laboratorio de perfumes que obligaba a abrir las ventanas
El baño ofrecía excelentes condiciones para la investigación científica. Había frascos, líquidos de colores y una puerta que se podía cerrar.
La fórmula empezaba con champú y seguía con crema de enjuague. Después agregábamos pasta dental, un poco de talco y ese perfume que mamá guardaba para ocasiones especiales.
Considerábamos que fabricar una sustancia capaz de despegar el jabón de la jabonera era una ocasión especial.
La mezcla terminaba dentro del vaso de los cepillos de dientes. Tenía el color de una aceituna preocupada y un olor que permitía localizarla desde el ascensor.
Nosotros la llamábamos perfume.
Mamá la llamaba por nuestro nombre completo.
El informe técnico concluía cuando alguien intentaba tirar el experimento por la pileta y descubría que también habíamos inventado cemento.
El vaso roto y el juicio al hermano ausente
El accidente ocurría durante un partido de fútbol que habíamos organizado en el comedor, apenas unos minutos después de recibir la indicación de no jugar a la pelota adentro.
Habíamos tomado precauciones. El arco estaba formado por dos pantuflas y el arquero tenía prohibido atajar fuerte para no golpear los muebles.
Nadie había contemplado el remate al ángulo de la cristalería.
Después del estruendo venía una quietud religiosa. Hasta la pelota parecía arrepentida.
Cuando mamá llegaba, uno de nosotros declaraba que el vaso se había caído solo. Otro ampliaba la hipótesis y explicaba que estaba muy cerca del borde.
El tercero culpaba a un hermano que llevaba toda la tarde en la casa de un amigo.
La defensa se complicaba cuando mamá levantaba la pelota del lugar exacto donde, hasta hacía unos segundos, había estado el vaso.
Todavía intentábamos una última maniobra.
“Pero ese casi no lo usabas”.
Había comentarios que conseguían romper más cosas que el pelotazo.
El mural que el propietario no había autorizado
El papel tenía una limitación evidente. Se terminaba.
La pared del pasillo, en cambio, ofrecía una superficie generosa, buena iluminación y la posibilidad de contemplar la obra mientras uno iba al baño.
Empezábamos con una casita. Después agregábamos un árbol, un sol y una persona de ocho dedos que, según el artista, era papá.
Cuando mamá descubría el mural, intentábamos tranquilizarla explicando que faltaba pintar el cielo.
Ella miraba la pared. Miraba el marcador. Volvía a mirar la pared.
Nosotros, interpretando que estaba evaluando la composición, le señalábamos un detalle particularmente logrado.
“Ese sos vos”.
A veces el parecido empeoraba todo.
El agua que aparecía cuando ya era tarde
Lavar los juguetes parecía una iniciativa doméstica impecable. Nadie podía cuestionar que estuviéramos colaborando con la higiene del hogar.
El inconveniente surgía cuando decidíamos que los autitos necesitaban un lavadero completo, con espuma, enjuague y una represa de toallas junto a la puerta.
La primera señal del desastre era una media mojada.
Mamá la pisaba en el pasillo, levantaba el pie y quedaba inmóvil. Nosotros la observábamos desde el baño con esa expresión de quien está por comunicar una noticia de difícil recepción.
Detrás nuestro flotaban un muñeco, un peine y una pantufla que no había solicitado participar.
Había que cerrar la canilla, sacar el agua y explicar por qué el toallón de los invitados estaba cumpliendo funciones de defensa costera.
“Estábamos limpiando”, decíamos.
La frase tenía el mérito de irritarla mientras escurría el piso.
La pregunta cuya respuesta mamá ya conocía
“¿Quién fue?” rara vez iniciaba una investigación. Mamá llegaba con el caso bastante avanzado.
Había encontrado las migas, identificado las huellas de chocolate y visto que el perro tenía una ceja pintada.
Aun así, nos concedía la posibilidad de declarar.
Nosotros respondíamos con una desconexión absoluta de los acontecimientos. Ninguno sabía nada. Uno acababa de llegar. Otro llevaba un rato indeterminado mirando una baldosa.
Siempre había alguien que aportaba una precisión innecesaria.
“Yo no fui el que le puso la plasticola”.
Mamá todavía no había mencionado la plasticola.
Cuando mamá decía que ya íbamos a tener hijos
En el momento nos parecía una observación fuera de tema. Estábamos discutiendo por un cajón roto y ella anunciaba acontecimientos familiares a largo plazo.
Después crecimos.
Y alguna tarde nos tocó entrar al baño, descubrir una sustancia inexplicable dentro de un vaso y preguntar, con el mismo tono que recordábamos desde chicos, quién había hecho eso.
Del otro lado apareció una criatura con las manos llenas de espuma.
“Estoy haciendo un perfume para vos”.
Entonces entendimos a mamá. Sobre todo cuando vimos el frasco vacío del perfume caro.
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