Ciencia argentina que busca reparar el corazón y la pregunta inevitable sobre quién financia el próximo paso
Un equipo de investigadores argentinos trabaja en una tecnología que busca ayudar a reparar el tejido cardíaco dañado después de un infarto. El desarrollo nació dentro del ámbito científico, avanzó hacia estudios preclínicos, recibió reconocimientos y terminó dando origen a una empresa biotecnológica.
La historia de Pilar Ferrer y el equipo del Laboratorio de Medicina Regenerativa Cardiovascular abre, al mismo tiempo, una discusión que excede ampliamente a un proyecto: qué ocurre cuando la ciencia argentina necesita dar el salto del laboratorio hacia una posible aplicación clínica.
Reparar lo que el corazón no puede reparar
Después de un infarto agudo de miocardio, una parte del músculo cardíaco resulta dañada por la interrupción del flujo sanguíneo. A diferencia de otros tejidos, el corazón posee una capacidad muy limitada para regenerar el músculo perdido.
Sobre ese problema trabaja el Laboratorio de Medicina Regenerativa Cardiovascular del Instituto de Medicina Traslacional, Trasplante y Bioingeniería (IMETTyB), perteneciente a la Universidad Favaloro y el CONICET.
Pilar Ferrer, licenciada en Ciencias Biológicas por la Universidad Favaloro y becaria doctoral, se incorporó al laboratorio en 2023. Allí realizó su tesis de licenciatura sobre regeneración cardíaca mediante terapia génica y posteriormente comenzó su investigación doctoral vinculada con la utilización de membrana amniótica para regeneración cardíaca.
El trabajo no es individual. Ferrer integra un equipo científico en el que participan, entre otros investigadores, Daniela Olea, María del Rosario Bauzá y Alberto Crottogini.
La Universidad Favaloro informó en julio de 2025 que el equipo recibió una mención especial en el Premio César Milstein por el trabajo “Efecto Cardiorregenerativo de la membrana amniótica humana descelularizada en un modelo preclínico de infarto agudo de miocardio”.
El reconocimiento también fue informado oficialmente por el IMETTyB-CONICET.
De la membrana amniótica a un biomaterial
El punto de partida resulta particularmente interesante.
La membrana amniótica forma parte de los tejidos asociados al embarazo y posee características biológicas que desde hace tiempo son estudiadas y utilizadas en distintas áreas de la medicina regenerativa.
El equipo comenzó investigando su posible efecto sobre el tejido cardíaco.
En documentación científica presentada ante la Sociedad Argentina de Cardiología aparece un trabajo encabezado por Ferrer que estudió el efecto angiogénico y proliferativo de membrana amniótica humana descelularizada en cultivos de cardiomiocitos.
La investigación fue evolucionando hacia otro objetivo: desarrollar un biomaterial capaz de reproducir algunas de esas señales regenerativas sin depender necesariamente de la utilización directa del tejido.
Actualmente, Amnova Biotech describe su tecnología como una terapia regenerativa inyectable destinada a ser administrada directamente en el tejido cardíaco lesionado. El objetivo es crear un entorno que favorezca procesos vinculados con la reparación del corazón después de un infarto.
Es importante establecer una diferencia fundamental: se trata de una tecnología en desarrollo y no de un tratamiento disponible actualmente para pacientes.
Todavía existe un largo recorrido científico, regulatorio y clínico antes de saber si podrá convertirse efectivamente en una terapia utilizada en seres humanos.
Del laboratorio a una empresa argentina
La investigación comenzó además a recorrer un camino habitual dentro de la biotecnología moderna: transformar conocimiento científico en una estructura empresarial capaz de desarrollar una tecnología.
En noviembre de 2025, la Universidad Favaloro informó que Daniela Olea y Pilar Ferrer habían obtenido el premio UDESA 2025 Startup Competition en la categoría BioTech & HealthTech con el proyecto denominado entonces Amnios Biotech.
La competencia tiene precisamente como objetivo impulsar emprendimientos tecnológicos mediante financiamiento.
Meses después se produjo otro paso.
Según consta en el Boletín Oficial de la República Argentina, AMNOVA BIO S.A.S. fue constituida el 24 de febrero de 2026 por Fernanda Daniela Olea y Pilar Ferrer.
Actualmente, Amnova Biotech presenta a Ferrer como CEO; Mariano Berra como CTO; Daniela Olea como CSO; y Alejandro Berra en investigación y desarrollo.
La empresa define su objetivo como el desarrollo de nuevas tecnologías de medicina regenerativa y trabaja para llevar la investigación desde su actual etapa experimental hacia las siguientes fases de desarrollo.
Y es precisamente en ese punto donde esta historia científica comienza a convertirse también en una historia sobre financiamiento.
La distancia entre descubrir y poder aplicar
Realizar una investigación dentro de un laboratorio y transformar sus resultados en un medicamento, un biomaterial o una tecnología médica son procesos muy diferentes.
Una idea prometedora debe atravesar estudios preclínicos, validaciones, desarrollo de procesos productivos, controles de calidad, evaluaciones regulatorias y, cuando corresponde, distintas fases de investigación clínica en seres humanos.
Todo ello requiere tiempo, infraestructura, especialistas y, fundamentalmente, recursos económicos.
El problema adquiere especial importancia para países como la Argentina.
El sistema científico puede formar investigadores capaces de producir conocimiento original y obtener resultados prometedores. Sin embargo, cuando una investigación intenta atravesar la frontera que separa al laboratorio de una aplicación concreta, las necesidades económicas aumentan considerablemente.
Amnova comenzó justamente a buscar ese camino.
El proyecto obtuvo reconocimientos académicos, participó de programas de impulso a emprendimientos científicos y pasó a formar parte del ecosistema de CITES, una organización especializada en acompañar empresas de base científico-tecnológica.
Ferrer también participa del START Fellowship de la Universidad de St. Gallen, en Suiza, desde donde trabaja en la internacionalización del proyecto, la estrategia regulatoria, las asociaciones y la búsqueda de capital.
Es decir, una investigación nacida en un laboratorio argentino comenzó a buscar fuera del esquema tradicional de financiamiento científico los recursos necesarios para intentar continuar creciendo.
¿Dónde termina el financiamiento científico y comienza la inversión?
Aquí aparece una distinción indispensable.
No sería correcto afirmar que el Estado argentino nunca financió la trayectoria científica que hizo posible este proyecto.
Pilar Ferrer es becaria doctoral del FONCyT y desarrolla su actividad dentro del IMETTyB, instituto de doble dependencia Universidad Favaloro-CONICET. La propia formación de investigadores, las becas y la infraestructura científica constituyen formas de inversión pública en conocimiento.
Pero reconocerlo no elimina la pregunta central.
¿Qué sucede cuando ese conocimiento alcanza suficiente madurez como para intentar transformarse en una tecnología?
El financiamiento de ciencia básica y el capital necesario para desarrollar una empresa biotecnológica pertenecen a escalas y lógicas diferentes.
Es allí donde muchos proyectos científicos atraviesan lo que internacionalmente suele describirse como el “valle de la muerte” de la innovación: existe conocimiento y puede existir una tecnología prometedora, pero todavía hay demasiado riesgo para buena parte de los inversores tradicionales y los recursos académicos resultan insuficientes para completar el desarrollo.
La inversión privada no es el problema
Sería equivocado plantear esta discusión como una oposición entre inversión pública e inversión privada.
Las empresas biotecnológicas de todo el mundo necesitan capital privado. Llevar una tecnología médica desde una investigación preclínica hasta los pacientes puede demandar inversiones que difícilmente pueda asumir exclusivamente un laboratorio universitario.
La participación de inversores especializados puede aportar además conocimientos empresariales, regulatorios, comerciales y redes internacionales que son fundamentales para convertir una investigación en una tecnología viable.
La cuestión es diferente.
La pregunta es cuánto riesgo está dispuesto a asumir un país para evitar que las investigaciones que ayudó a generar dependan exclusivamente de encontrar capital privado para atravesar sus etapas más difíciles.
Una discusión que excede a Pilar Ferrer
El caso permite observar una paradoja frecuente de los sistemas científicos de países con restricciones presupuestarias.
Argentina puede formar investigadores, sostener laboratorios, producir conocimiento y desarrollar tecnologías con potencial. Pero generar el conocimiento constituye solamente la primera parte del recorrido.
Después hay que transformarlo.
Y esa segunda etapa puede determinar si una investigación permanece como publicación científica, se convierte en una empresa argentina, termina desarrollándose en otro país o simplemente no consigue avanzar.
Por eso el debate no debería reducirse a preguntarse por qué el Estado no entrega dinero a un proyecto determinado.
Los recursos públicos son limitados y ninguna investigación debería recibir financiamiento solamente porque resulte atractiva o tenga repercusión mediática. Los proyectos deben competir, ser evaluados y demostrar científicamente sus resultados.
La pregunta más profunda es otra: ¿existen instrumentos públicos suficientes, estables y competitivos para acompañar aquellas investigaciones que superan la etapa académica y necesitan intentar convertirse en tecnologías?
Financiar ciencia también significa aceptar el riesgo
Existe además una dificultad conceptual.
Invertir en investigación implica aceptar que algunos proyectos no funcionarán.
Un resultado preclínico alentador no garantiza que una terapia sea eficaz en seres humanos. Un biomaterial prometedor puede fracasar durante su desarrollo. Una empresa científica puede no conseguir transformar una buena investigación en un producto.
Pero esa incertidumbre forma parte de la innovación.
Financiar ciencia no significa garantizar el éxito de cada investigación. Significa construir un sistema en el cual las mejores ideas, seleccionadas mediante criterios científicos y transparentes, tengan la oportunidad de demostrar hasta dónde pueden llegar.
El desarrollo encabezado por el equipo del IMETTyB todavía tiene mucho camino por recorrer. Será la evidencia científica la que determine finalmente su verdadero potencial.
Pero su historia ya permite formular una pregunta que trasciende el laboratorio.
Si Argentina invierte durante años en formar científicos capaces de generar conocimiento de alto nivel, ¿qué mecanismos construye después para que ese conocimiento tenga posibilidades de transformarse en tecnología desarrollada desde el país?
Tal vez allí esté uno de los mayores desafíos de la política científica argentina: no solamente producir conocimiento, sino conseguir que las investigaciones con potencial tengan también la oportunidad de dar el siguiente paso.
