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Historias y Costumbres

La historia real de Caminito, el tango que recuerda un amor perdido en La Rioja y dio nombre al paseo de La Boca

octubre 15, 2026 · 6 min de lectura
Caminito y la identidad cultural de La Boca, entre la historia del tango y los rincones emblemáticos de Buenos Aires.
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La letra de uno de los tangos más conocidos nació de un desencuentro amoroso en Olta, lejos de las fachadas de colores porteñas.

Gabino Coria Peñaloza escribió los versos inspirado en una relación que quedó interrumpida y en el sendero que había acompañado aquellos encuentros. Juan de Dios Filiberto aportó una melodía vinculada con sus propios recuerdos de La Boca. Años después, la canción terminó bautizando uno de los lugares más reconocibles de Buenos Aires.

Antes de los colores, una despedida

Para muchos, escuchar el nombre “Caminito” alcanza para imaginar el paseo de La Boca: los adoquines, los conventillos de chapa y las paredes pintadas de distintos colores. La asociación es tan fuerte que parece natural suponer que la letra del tango describe ese rincón porteño.

Sin embargo, el paisaje que evocó Gabino Coria Peñaloza estaba en Olta, una localidad de los Llanos riojanos. Allí se sitúa la historia amorosa que dio origen a sus versos.

El propio sitio oficial de Turismo de la Ciudad de Buenos Aires aclara que el texto nació como un poema vinculado con ese sendero de La Rioja. La canción y el paseo tienen una relación verdadera, pero su historia reúne recuerdos de dos lugares diferentes.

Para comprenderla hay que retroceder a una época en la que el tango todavía no existía y un joven poeta encontró, durante una estadía en Olta, una relación que después recordaría a través de la escritura.

La joven que quedó en el recuerdo

Una reconstrucción publicada por la Dirección General de Cultura y Museo de la Cámara de Diputados de la Nación sitúa el episodio en 1903. Según ese relato, Coria Peñaloza quedó demorado en Olta por una inundación y allí conoció a una joven llamada María, perteneciente a una familia de posición social destacada.

La presentación patrimonial del Museo Benito Quinquela Martín también identifica a la mujer como una pianista de Olta y vincula la relación con las restricciones sociales que rodeaban aquellos encuentros.

Los fundamentos de un proyecto presentado en Diputados en 2017 agregan que la familia de la joven no aceptaba el vínculo. El poeta debió marcharse y, cuando regresó al año siguiente, ella ya no estaba en el pueblo.

Estos antecedentes recogen la historia transmitida sobre el origen de la canción. No permiten reconstruir cada conversación ni establecer con certeza todos los detalles de la relación. Sí coinciden en su núcleo: un amor en Olta, una separación y un sendero convertido en el lugar de la memoria.

El camino como último confidente

La particularidad de la letra está en su destinatario. El protagonista no habla directamente con la mujer que se fue. Le habla al camino por el que alguna vez pasaron juntos.

Ese recurso transforma el paisaje en un testigo. El sendero permanece cuando la relación ya terminó y conserva, para quien regresa, el recuerdo de una felicidad que no puede recuperar.

Las referencias a la vegetación y a una huella que el tiempo va borrando adquieren otro sentido al conocer el origen riojano. El escenario de los versos es un camino rural, asociado con encuentros y caminatas, más que una calle urbana.

También hay una doble despedida. El narrador recuerda la partida de la mujer y anuncia la suya. Abandonar el sendero implica alejarse del lugar donde todavía encuentra las señales de aquella relación.

La canción permite leer ese dolor sin conocer los nombres de sus protagonistas. Pero saber que hubo una experiencia concreta detrás de la letra devuelve al paisaje su ubicación y al recuerdo su dimensión personal.

Filiberto tenía su propio Caminito

La música aportó una segunda historia. Juan de Dios Filiberto, profundamente ligado a La Boca, encontró inspiración en una curva del barrio por la que había pasado en sus recorridos cotidianos.

Fundación Proa distingue ambos orígenes en su documentación sobre el paseo: Coria Peñaloza evocaba el sendero de Olta, mientras que Filiberto recordaba un trayecto boquense.

El Museo Benito Quinquela Martín suma otra referencia afectiva: una muchacha que vivía en esa curva y un vínculo marcado por el desencuentro. Así, letra y melodía se encontraron a partir de recuerdos distintos, unidos por la nostalgia.

En 1926 quedó conformado el tango “Caminito”, con versos de Coria Peñaloza y música de Filiberto. Carlos Gardel fue uno de sus intérpretes. El archivo de Todo Tango conserva, entre sus registros, una grabación realizada por el cantor en Buenos Aires en julio de 1927.

La canción reunió, de ese modo, un sendero riojano y una memoria porteña. Esa combinación explica por qué su pertenencia a la cultura de Buenos Aires no borra el origen de la letra.

Cuando el tango le dio nombre a una calle

La historia del paseo de La Boca llegó después. El sector había estado relacionado con el ferrocarril y atravesó un período de abandono antes de su recuperación.

La iniciativa de vecinos y artistas, con Benito Quinquela Martín como uno de sus grandes impulsores, permitió transformar ese espacio en una calle museo. El nombre elegido homenajeó al tango de Filiberto y Coria Peñaloza.

La Legislatura porteña documenta la inauguración oficial del 18 de octubre de 1959. Quinquela y Filiberto participaron de la ceremonia, junto con autoridades municipales y la Banda Sinfónica Municipal.

Por eso, la secuencia importa: el paseo recibió el nombre de una canción que ya existía. Con el tiempo, las imágenes de sus fachadas y su presencia en la vida turística de Buenos Aires fortalecieron una asociación que hoy parece inseparable.

Un recuerdo que une dos paisajes

La historia de “Caminito” permite mirar el paseo porteño con una información adicional. Entre las obras del museo al aire libre también está representado Coria Peñaloza, el autor de los versos que viajaron desde una experiencia riojana hasta el repertorio del tango.

Ese homenaje recuerda que la canción fue una creación compartida. La Boca aportó la memoria musical de Filiberto y el espacio que después llevaría su nombre. Olta quedó en la letra, en la vegetación evocada y en la ausencia de una mujer que el poeta no volvió a encontrar al regresar.

Detrás de una postal reconocida de Buenos Aires permanece, entonces, una despedida ocurrida lejos de la ciudad. Cada interpretación del tango vuelve a unir esos paisajes: el camino donde nació el recuerdo y el barrio que terminó dándole una forma visible.

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