Día del Colectivero, la idea de unos taxistas porteños que cambió para siempre la manera de viajar
Cada 24 de septiembre se recuerda una experiencia que comenzó en Buenos Aires en 1928: compartir un automóvil, seguir un recorrido establecido y pagar una tarifa fija por persona. La iniciativa nació como respuesta a la falta de pasajeros y terminó convirtiéndose en uno de los transportes más característicos de la Ciudad.
En una esquina porteña, un grupo de taxistas enfrentaba un problema sencillo de explicar y difícil de resolver: no conseguía suficientes viajes. Era septiembre de 1928 y aquellos conductores, reunidos en un bar de Rivadavia y Lacarra, buscaban una manera de seguir trabajando. La solución que imaginaron fue llevar a varias personas en un mismo automóvil. Cada pasajero pagaría menos que por un taxi contratado individualmente y el vehículo ya no dependería de encontrar un solo cliente dispuesto a costear el viaje completo. Según una reseña publicada por el Estado nacional, quienes impulsaron la idea fueron siete taxistas.
El 24 de septiembre de 1928 quedó asociado a la puesta en marcha de esa modalidad y, por eso, se recuerda como el Día del Colectivero. La fecha homenajea a quienes conducen los colectivos y remite al nacimiento de un servicio que se volvió inseparable de la vida cotidiana de Buenos Aires. En 2026 se cumplen 98 años de aquel episodio.
Un taxi en el que ya no viajaba una sola persona
La novedad estaba en combinar elementos conocidos de otra manera. El automóvil era el mismo que podía utilizarse como taxi, pero el viaje dejaba de ser exclusivo: varios pasajeros compartían el vehículo, recorrían un trayecto previsto y pagaban una tarifa individual fija. Así apareció el llamado taxi colectivo, antecedente del colectivo porteño. Desde aquellos primeros recorridos, la idea comenzó a extenderse hacia otras zonas de la Ciudad y del país.
Para entender por qué esa propuesta llamó la atención, hay que mirar el transporte que ya existía. Buenos Aires contaba con tranvías y, desde el 1.º de diciembre de 1913, con el subte: la primera sección de la línea A unía Plaza de Mayo con Plaza Miserere. El nuevo servicio en automóvil ofrecía otra posibilidad de desplazamiento por las calles, con recorridos que podían multiplicarse a medida que surgía demanda.
¿Dónde salió el primer colectivo? La historia merece una precisión. El calendario histórico del Gobierno porteño sitúa la experiencia del 24 de septiembre desde Plaza Primera Junta; la reseña nacional recuerda la reunión de los taxistas y los primeros viajes en torno al bar de Rivadavia y Lacarra. Esas referencias muestran los puntos vinculados con el origen del servicio, pero aconsejan evitar una descripción demasiado tajante de un único «primer viaje» con paradas y horarios exactos.
Una idea que al principio estaba prohibida
Lo que hoy parece una forma habitual de viajar representaba entonces un desafío para las reglas vigentes. El Gobierno de la Ciudad señala que cobrar una tarifa fija por un recorrido preestablecido estaba prohibido para aquellos taxistas. También aclara que habían existido experiencias anteriores de transporte similar que no prosperaron. Por eso define el 24 de septiembre de 1928 como una fecha simbólica para el comienzo y la generalización del autotransporte colectivo porteño, en lugar de presentarla como el primer viaje compartido de toda la historia.
El crecimiento trajo conflictos. A las compañías de tranvías, subtes y ómnibus no les agradaba la aparición de un competidor que sumaba pasajeros en las calles. Según la reseña histórica de la Ciudad, esas empresas denunciaban «competencia desleal», mientras que las autoridades intentaban restringir la nueva modalidad. Aun así, el servicio se difundió: surgieron más líneas, pequeños propietarios y nuevas necesidades de regulación.
Del automóvil compartido al colectivo reconocible
Los primeros vehículos estaban muy lejos de los colectivos actuales. Eran automóviles adaptados para transportar a varios pasajeros. Con el tiempo incorporaron carteles que indicaban los destinos y colores que permitían distinguirlos de los taxis. Después cambiaron las carrocerías para aumentar la capacidad y responder a una demanda cada vez mayor. El nombre «colectivo» terminó identificando a un vehículo con características propias, nacido de aquella forma colectiva de usar un auto.
Su expansión también transformó el paisaje de los barrios. Una línea podía conectar zonas residenciales con lugares de trabajo, comercios, estaciones o centros de estudio. Para los pasajeros, el recorrido y el número de línea se convirtieron en referencias cotidianas; para los conductores, manejar implicó conocer calles, cumplir trayectos y tratar cada día con personas que viajaban por motivos muy distintos.
Con las décadas, los colectivos adquirieron además una identidad visual porteña. El fileteado, arte decorativo nacido en los antiguos carros, comenzó a aparecer en colectivos y camiones hacia 1940. Sus colores, letras y motivos ornamentales hicieron de algunas unidades piezas reconocibles de la calle. Esa relación cambió en 1975, cuando una ordenanza municipal prohibió el fileteado en vehículos de transporte público de pasajeros.
Por qué el 24 de septiembre también homenajea al conductor
La efeméride no recuerda únicamente el origen de un vehículo. Recuerda a los trabajadores que hicieron posible que aquella idea se sostuviera y creciera: desde los taxistas que probaron los viajes compartidos hasta las generaciones de choferes que recorrieron Buenos Aires después de ellos. El propio nombre Día del Colectivero pone el foco en quienes conducen, mientras que el calendario histórico porteño registra la misma fecha como Día del Colectivo. Ambas denominaciones remiten al episodio de 1928.
Casi un siglo más tarde, la escena inicial conserva su fuerza: varios conductores con pocos pasajeros encuentran, en una conversación de barrio, una manera distinta de viajar. La solución fue pequeña en su comienzo, pero cambió la relación de Buenos Aires con sus calles. Cada 24 de septiembre, la historia del colectivo invita a mirar ese vehículo cotidiano como el resultado de una iniciativa nacida del trabajo, la necesidad y la capacidad porteña de improvisar una respuesta que perduró.
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