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Historias y Costumbres

¿Dónde quedó el último Tubby 3 y Tubby 4?

septiembre 21, 2026 · 6 min de lectura
¿Dónde quedó el último Tubby 3 y Tubby 4?

Hubo un tiempo en que entrar al kiosco era mucho más que comprar algo dulce. Era mirar el mostrador, contar las monedas y elegir. Entre chocolates, alfajores y caramelos aparecían dos personajes difíciles de olvidar: Tubby 3 y Tubby 4.

Nacieron en 1984, se convirtieron en uno de los fenómenos golosineros de los años 80 y terminaron desapareciendo de los kioscos. Cuatro décadas después de su lanzamiento, sus envoltorios, sabores y aquel inolvidable universo publicitario siguen despertando una pregunta entre quienes los conocieron: ¿qué pasó con los Tubby?

Cuando un Tubby alcanzaba para alegrar la tarde

La historia comenzó cuando Bagley convocó al químico industrial Francisco Bellotti para desarrollar un producto a partir de la tradicional oblea. Bellotti viajó a la planta de la compañía en Villa Mercedes, San Luis, y comenzó a experimentar con rellenos, coberturas y chocolate hasta llegar a las fórmulas que terminarían convirtiéndose en Tubby 3 y Tubby 4.

Los productos salieron al mercado en 1984.

Y los números de sus nombres no eran un capricho publicitario: estaban relacionados con las capas de oblea. Las variedades se diferenciaban además por sus rellenos y combinaciones de ingredientes. Bellotti recordó años después el proceso industrial que incluía las obleas, crema de maní, caramelo, maní o avellanas y la cobertura de chocolate.

El éxito llegó rápidamente.

La producción alcanzó unos 2.500 kilos diarios y la línea destinada a elaborar los Tubby llegó a medir alrededor de 300 metros, según los recuerdos y registros sobre la actividad de la fábrica.

Pero el sabor fue solamente una parte de la historia.

Una publicidad que quedó grabada en una generación

Los Tubby tuvieron algo que muchos productos persiguen y muy pocos consiguen: una identidad que terminó sobreviviendo a la propia golosina.

En 1984 apareció el recordado comercial animado protagonizado por Tubby 3 y Tubby 4. La publicidad construía un pequeño universo alrededor de los personajes y estaba acompañada por un jingle que terminó convirtiéndose en uno de los elementos más reconocibles de la campaña.

Para muchos chicos de aquellos años, escuchar aquella melodía significaba reconocer inmediatamente el producto.

Y allí probablemente esté una de las razones por las cuales los Tubby continúan tan presentes en la memoria colectiva. No había solamente una golosina detrás del envoltorio. Había personajes, una canción y una historia.

Era una marca con personalidad propia.

El kiosco era otro mundo

Para quienes fueron chicos durante los años 80 y comienzos de los 90, el kiosco tenía una importancia difícil de explicar a las generaciones acostumbradas a las aplicaciones, los pagos digitales y las entregas a domicilio.

Había que ir.

A veces estaba en la esquina. Otras veces frente a la escuela. También estaba aquel kiosco diminuto donde el vendedor conocía a todos los chicos del barrio y unas monedas podían convertirse en una decisión trascendental.

Había que mirar el mostrador y elegir.

El Tubby compartía ese universo con chocolates, alfajores, caramelos, chicles, chupetines y figuritas. Algunas golosinas sobrevivieron, otras cambiaron y unas cuantas simplemente desaparecieron.

Y ocurre algo curioso con estas últimas.

Cuando las recordamos, no recordamos solamente el sabor.

Recordamos dónde estábamos cuando las comíamos.

¿Por qué dejaron de fabricar los Tubby?

Esta es probablemente la pregunta más interesante de la historia.

En 1994, Danone adquirió la mayoría accionaria de Bagley. Las reconstrucciones disponibles sobre la historia del producto sitúan en ese período de transformación empresarial el final de la producción de los Tubby originales.

Sin embargo, conviene hacer una distinción importante.

No hay documentación pública suficientemente sólida que permita afirmar que Tubby desapareció porque vendiera poco, porque hubiera dejado de gustar o porque existiera algún problema con su receta.

Es decir, no hay elementos suficientes para convertir una de esas explicaciones en la causa comprobada de su desaparición.

Lo que sí sabemos es que el producto había alcanzado anteriormente una escala considerable de fabricación y que su creador continuó recordándolo décadas después como una de sus grandes creaciones.

Francisco Bellotti, que desarrolló decenas de productos durante su extensa trayectoria en la industria alimenticia argentina, falleció en 2024 a los 94 años. Entre todas sus creaciones, Tubby 3 y Tubby 4 quedaron inevitablemente asociados a su nombre.

Después llegaron otros Tubby

La familia incluso creció.

Tras el éxito de los primeros productos aparecieron Tubby 5 y Tubby 6, aunque fueron Tubby 3 y Tubby 4 los nombres que quedaron especialmente ligados al fenómeno original de los años 80.

Con el paso del tiempo también hubo pedidos de consumidores para recuperar aquellas golosinas.

La persistencia del recuerdo resulta llamativa: mientras innumerables productos entraron y salieron de los kioscos argentinos durante estas cuatro décadas, los Tubby consiguieron algo bastante más difícil que permanecer en una góndola.

Permanecieron en la memoria.

¿Y dónde quedó el último Tubby?

Esa es la pregunta que ninguna historia empresarial puede responder.

Porque alguna vez hubo un último Tubby 3 y un último Tubby 4 esperando en algún kiosco.

Quizás quedaron colgados de un exhibidor.

Tal vez alguien los compró a la salida de la escuela, rompió el envoltorio y se los comió mientras caminaba hacia su casa.

Posiblemente compartió un pedazo con un amigo.

Después arrugó el paquete y lo tiró.

Nada extraordinario.

Excepto por un pequeño detalle:

nadie sabía que había que despedirse.

Hay sabores que no se pueden guardar

Un juguete puede sobrevivir durante décadas en el fondo de un placard. Las fotografías quedan en un álbum. Una historieta puede conservarse y una canción puede volver a escucharse cuarenta años después.

Pero un sabor desaparecido es diferente.

No se puede guardar.

Podemos encontrar viejas publicidades, observar fotografías de los envoltorios y reconstruir cómo se fabricaban. Incluso podemos conocer la historia de la persona que creó la receta.

Pero recuperar exactamente aquella experiencia es mucho más difícil.

Porque tampoco era solamente chocolate y oblea.

Era abrir el paquete.

Era el recreo.

Era compartir un pedacito.

Era guardar unas monedas.

Era caminar hasta el kiosco.

Era mirar todos aquellos envoltorios desde la altura de un chico y tener que elegir solamente uno.

Y era, sobre todo, no saber que algún día dejaría de estar.

Una pequeña máquina del tiempo con mostrador

Tal vez por eso, cuatro décadas después de su aparición, todavía hablamos de los Tubby.

Cuando alguien pregunta qué pasó con Tubby 3 y Tubby 4 probablemente no esté buscando solamente una golosina.

Está buscando durante unos segundos aquel kiosco de la esquina.

Las figuritas.

La bicicleta apoyada contra una pared.

Las monedas en el bolsillo.

La salida de la escuela.

Y aquel momento en el que elegir una golosina podía ser una de las decisiones importantes de la tarde.

En algún lugar y en algún momento alguien compró el último Tubby original.

No sabemos quién fue.

Seguramente tampoco esa persona supo que lo era.

Quizás por eso seguimos preguntándonos dónde quedó.

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